7/09/2021
Actualidad

Desarrollan vacunas contra la Covid-19 que se cultivan en plantas y bacterias

Institución - Fuente: consalud.es
Tipo de documento: Noticia

Los investigadores crearon dos vacunas candidatas contra la COVID-19. Una está hecha de un virus vegetal, llamado virus del mosaico del caupí. La otra está hecha a partir de un virus bacteriano, o bacteriófago, llamado Q beta.


Los nanoingenieros de la Universidad de California, en Estados Unidos, han desarrollado candidatos a vacunas contra la COVID-19 que pueden soportar el calor, con virus de plantas o bacterias como ingredientes principales, según publican en el Journal of the American Chemical Society.


Las nuevas vacunas contra la COVID-19, que no necesitan nevera, se encuentran todavía en la fase inicial de desarrollo. En ratones, las vacunas candidatas desencadenaron una elevada producción de anticuerpos neutralizantes contra el SARS-CoV-2. Si resultan seguras y eficaces en las personas, podrían suponer un gran cambio en los esfuerzos de distribución mundial, incluidos los de las zonas rurales o las comunidades con pocos recursos.


"Lo interesante de nuestra tecnología de vacunas es que son térmicamente estables, por lo que podrían llegar fácilmente a lugares donde no es posible instalar congeladores de temperatura ultrabaja o hacer circular camiones con estos congeladores", explica Nicole Steinmetz, profesora de nanoingeniería y directora del Centro de Nanoinmunoingeniería de la Escuela de Ingeniería Jacobs de la UC San Diego.


Los investigadores crearon dos vacunas candidatas contra la COVID-19. Una está hecha de un virus vegetal, llamado virus del mosaico del caupí. La otra está hecha a partir de un virus bacteriano, o bacteriófago, llamado Q beta.


Ambas vacunas se fabricaron con recetas similares. Los investigadores utilizaron plantas de caupí y bacterias 'E. coli' para cultivar millones de copias del virus vegetal y del bacteriófago, respectivamente, en forma de nanopartículas con forma de bola. Los investigadores cosecharon estas nanopartículas y luego adjuntaron un pequeño trozo de la proteína de la espiga del SARS-CoV-2 a la superficie.


Los productos acabados tienen el aspecto de un virus infeccioso para que el sistema inmunitario pueda reconocerlos, pero no son infecciosos en animales ni en humanos. El pequeño trozo de la proteína de espiga unido a la superficie es lo que estimula al organismo a generar una respuesta inmunitaria contra el coronavirus.


Los investigadores señalan varias ventajas de utilizar virus vegetales y bacteriófagos para fabricar sus vacunas. Por un lado, pueden ser fáciles y baratos de producir a gran escala. "Cultivar plantas es relativamente fácil y requiere una infraestructura no demasiado sofisticada --afirma Steinmetz--. Y la fermentación mediante bacterias ya es un proceso establecido en la industria biofarmacéutica".


Otra gran ventaja es que las nanopartículas de virus vegetales y bacteriófagos son extremadamente estables a altas temperaturas. Por ello, las vacunas pueden almacenarse y enviarse sin necesidad de mantenerlas en frío. También pueden someterse a procesos de fabricación que utilizan calor.


El equipo está utilizando estos procesos para envasar sus vacunas en implantes de polímero y parches de microagujas. Estos procesos consisten en mezclar las vacunas candidatas con polímeros y fundirlos juntos en un horno a temperaturas cercanas a los 100 grados Celsius. El hecho de poder mezclar directamente las nanopartículas de virus vegetales y bacteriófagos con los polímeros desde el principio facilita la creación de implantes y parches de vacunas.


El objetivo es dar a la gente más opciones para conseguir la vacuna COVID-19 y hacerla más accesible. Los implantes, que se inyectan bajo la piel y liberan lentamente la vacuna a lo largo de un mes, solo tendrían que administrarse una vez. Y los parches de microagujas, que pueden llevarse en el brazo sin dolor ni molestias, permitirían a las personas autoadministrarse la vacuna.


"Imagínese que los parches de la vacuna pudieran enviarse a los buzones de nuestras personas más vulnerables, en lugar de tener que salir de sus casas y arriesgarse a la exposición", apunta Jon Pokorski, profesor de nanoingeniería en la Escuela de Ingeniería Jacobs de la UC San Diego, cuyo equipo desarrolló la tecnología para hacer los implantes y los parches de microagujas.


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