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“Predecir” no siempre sirve para prevenir

Habitualmente utilizamos palabras como predecir, prever, prevenir y sus correspondientes derivados predicho, previsto y prevenido. Todos estos términos aluden a la anticipación de un hecho respecto a la ocurrencia del mismo; en función de que seamos adivinos o expertos, tratamos de adelantarnos al futuro basándonos en intuiciones o bien en diferentes factores más técnicos que nos permiten predecir las probabilidades de que se materialice un pronóstico.

De este modo, el verbo predecir quedaría reservado para el campo de sibilas y adivinadores y prever y prevenir para el ámbito más científico, ocupado por expertos de diferentes campos. Prever aludiría al mero acto de anticipar el futuro y prevenir conllevaría una acción adicional para tratar de que ese futuro probable no se materialice o de que si así ocurre, estemos prevenidos para minimizar o evitar sus consecuencias.

Por poner un ejemplo relativamente actual, imaginemos la posibilidad de caída de un meteorito de grandes dimensiones sobre la superficie de La Tierra. Los adivinadores podrían predecir que en el 2016 caerá un cuerpo celeste de grandes dimensiones sobre la superficie terrestre que arrasará varios continentes y acabará con la mitad de la población mundial. Los expertos, por su parte, podrían prever que ciertamente caerá un meteorito sobre el océano Índico, lo cual que provocará tsunamis devastadores. Y, por último, científicos expertos en la materia podrían prevenir el desastre potencial programando un dispositivo para destruir el meteorito antes de que alcance la atmósfera terrestre con tan nefastas consecuencias. Ufff!, menos mal; ya me quedo más tranquilo; y todo, gracias a la prevención.

Y en relación con todo esto, voy a poner ahora un ejemplo real sobre dos accidentes de navegación. La noche del 14 de abril de 1912, tras el choque con un iceberg, se produce el hundimiento del RMS Titanic, el mayor barco del mundo en el momento de su terminación. En el accidente mueren 1.514 de las 2.223 personas que iban a bordo, convirtiendo esta tragedia en uno de los naufragios con más víctimas en tiempos de paz. Esta historia la conocemos sobradamente, pero quizás la siguiente no.

Unos cuantos años antes, en 1884, el navío inglés Mignonette navegaba por la ruta atlántica del sur hacia Australia, cuando fue alcanzado por una galerna que le hizo naufragar con sus cuatro tripulantes a bordo. El capitán, Tom Dudle; Edwin Stephens, Edmund Brooks y un muchacho de 17 años que fingió tener 18 para enrolarse, llamado Richard Parker, sobrevivieron en un bote durante más de tres semanas, alimentándose únicamente de una tortuga que lograron capturar.

A pesar de que bebieron su propia orina para luchar contra la deshidratación, Parker no pudo evitar beber agua de mar y enfermó. Agotada la carne de la tortuga y considerando que Parker estaba enfermo y moriría pronto, Dudley y Stephens decidieron sacrificarlo para alimentarse con su cadáver. El caso fue muy seguido por la prensa de la época y sentó un precedente criminal del derecho anglosajón en las cortes de justicia, ya que no había mediado sorteo previo, tal como establece la denominada "ley del mar".

Estos dos auténticos dramas ha sido objeto de tramas literarias. En el libro "Futility, or the Wreck of the Titan", Morgan Robertson narra el naufragio de un barco llamado Titan en el mar cercano a la isla de Terranova. El capitán del barco se apellida Smith, curiosamente igual que el capitán del Titanic. Robertson describe la reducida cantidad de botes salvavidas que había en el barco y las numerosas muertes acaecidas, muchas de ellas de viajeros multimillonarios que hasta entonces disfrutaban del crucero.

Por su parte, Edgar Allan Poe escribió la que sería su única novela completa, "La Narración de Arthur Gordon Pym". En ella, cuatro personas acaban en una barca sin alimentos ni bebida después de naufragar. El más joven, un grumete llamado Richard Parker, también curiosamente igual que el del Mignorette, propone que uno de ellos sea asesinado y sirva de alimento a los demás, lo que le toca a él después de ser echado a suertes por la ley del mar.

No sé si los lectores se estarán preguntando qué tiene que ver todo esto con los verbos prevenir, prever o predecir a los que aludíamos al comienzo de este artículo. Pues bien; está claro que estos dos accidentes no fueron ni prevenidos ni previstos. Sin embargo, y esto es lo más curioso de todo, sí que fueron predichos. Resulta que Morgan Robertson escribió su novela en 1898, catorce años antes del naufragio del Titanic, mientras que Poe escribió la suya en 1838, es decir, cuarenta y seis años antes del naufragio del Mignonette. ¿Qué os parece? Eso sí que es predecir un suceso; sin embargo, ¡qué pena que no haya servido para prevenirlos!.

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Sobre el autor

  • Marcos Kenneth López AcostaMarcos Kenneth López Acosta

    Marcos Kenneth López es Director de Oficina de Teide y Vecindario en Las Palmas de Gran Canaria

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